El Yin

En justa medida de equilibrio, quiero señalar aquí con sus nombres a dos, de entre los muchos que hay por esos consultorios de Dios, funcionarios del departamento de Salud, ejemplos del dicho popular que con irreductible sencillez reza que “tiene que haber de todo”.
Ojalá pudiera ser esto una lista donde se pudieran ver reflejados todos los maltratadores
psíquicos, que faltan a aquel principio médico tan básico del “primum non nocere”, pero entenderéis que yo sólo puedo responder de la veracidad de lo que yo escribo.
De todas formas, al final de esta entrada he pegado una encuesta, un poco humorística, para que podáis marcar la opción que más se acerca a vuestro caso . Así podremos ver un resumen de las actitudes hacia esta enfermedad.

Prestad atención, que hablo de vosotros.

“Dra” Ana Isabel Alcaine Paricio. Titular, cuando sufrí mi recaída, del consultorio de la localidad donde entonces residía, un pequeño pueblo minero en la provincia de Teruel. Con el argumento, no de alguna duda más o menos razonable, sino lisa y llanamente de la inconveniencia de poner en peligro el asiento de sus posaderas, me trató de igual forma que se haría con el niño que no quiere ir a la escuela. Le concedo el mérito exclusivo de provocar, con su actitud arrogante y despreciativa, mi primera crisis de angustia en 40 años de vida.
Actualmente castiga el asiento en la consulta de la capital de una comarca cercana. Insatisfecha, sin duda, con labor de tan poca enjundia, dedica el sobrante de sus energías a colaborar en el llamado “Grupo Aragonés de Investigación en PsicoDermatología” lo que me parece un acto de sarcasmo de las dimensiones de la Vía Láctea.

El segundo personaje, el también funcionario de Salud Emilio Pérez Laclériga, entonces y aún jefe de Zona Asistencial, quien, tras exponerle mi queja, me despachó con un literal:
“no tengo toda la mañana para pederla con usted”.
A los dos, gracias por el derroche de comprensión y humanidad.
Me consta, porque me lo ha dicho un pajarito, que vuestro insigne colega, el Doctor Josef Rudolf Mengele guarda en su laboratorio en el infierno, un par de puestos de ayudante para otorgároslos cuando llegue la ocasión.

Que se sepa.


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