No puedo quererte

No me gusta mucho hablar de mi enfermedad. No soy muy aficionado a hablar de mí, y muy reacio a quejarme y a dar muestras de debilidad (Soy hombre, lo llevo en mi cromosoma Y).
Me gusta hacer broma en compañía, pegar la brasa hablando de mis aficiones, sobre todo si veo que algún interlocutor circunstancial da muestras de verdadera atención. Como se puede entender, el estar medio apaleado, con la sesera abrasada y aspecto de estar de perpetua resaca, tras una mostruosa velada de vicios y dronga
(sin haber participado, pues de haber sido así, un Alka-Seltzer y un día o dos de retiro terapéutico en mi casa serían suficientes) no me motiva demasiado a entrar en detalles. Pero eso no quiere decir que no la sienta.

He oído y leído bastante sobre cómo afrontar y sobrellevar las limitaciones de la enfermedad. Sin duda, depende mucho de la severidad de los síntomas y del temperamento de cada uno, además del ambiente (familiar, sobre todo). Yo, personalmente, lo llevo sin demasiada angustia (léase siempre en términos relativos) porque, en general, mis síntomas son moderados,(Grado II de media, según los que saben de esto) y eso me permite deambular por casa, cuidar a mis pájaros, mi jardín, y, los días en que estoy algo más ágil, en un alarde y derroche de energía, acercarme a mi bar habitual a saludar a los amigos, o bien, preparar una comida o cena en mi jardín. Para que vengan ellos a verme y reírnos un poco. Muy poca cosa comparándolo con mi nivel anterior, pero menos da una piedra en mitad del entrecejo

Igual con el trabajo. El remunerado, dejando aparte el marco económico actual en que nos encontarmos sumidos, y que ha dejado a muchos colegas de mi gremio en la puñetera calle, ya tuve que abandonarlo hace tiempo. Si con ocasión de alguna mejoría se me ocurre aceptar y comprometerme a algo, ya tengo la experiencia suficiente como para saber que las pasaré canutas para acabarlo dignamente, porque para mí, faltar a la palabra y no cumplir un compromiso es motivo de oprobio. Sin dejar de lado que la reincidencia en la conducta es garantía de perder, en poco tiempo, la consideración de persona seria y cumplidora, y en el tema laboral, eso ha sido para mí, casi al mismo nivel que la remuneración puramente dineraria, uno de los motivos de satisfacción y orgullo personal.

Veo a mi enfermedad como algo ajeno a mí. Un intruso en mi vida, recalcitrante, impertinente, inútil y devastador.

Recalcitrante, porque es, como la grama, imposible de erradicar. He pasado, como supongo que todos lohabéis hecho, por épocas malas, en las que algún problema más o menos gordo me ha importunado. Tarde o temprano, con más o menos esfuerzo, he acabado por salir de ellos. Sin embargo, todos mis esfuerzos por luchar contra esta miseria, han sido vanos.

Impertinente, porque, aunque a veces parece que se aleja, e incluso ha llegado a hacerse invisible en varias ocasiones, vuelve siempre sin avisar, y en el momento más inoportuno, si es que realmente se puede considerar que pueda haber algún momento que no lo sea.

Inútil, porque aunque he intentado entender que “de todo se puede sacar una enseñanza en la vida”, aún no he sabido encontrar qué enseñanza oculta, y tampoco me siento muy motivado a seguir profundizando. En realidad, la impresión que tengo es que, cualquier supuesta lección que se pueda sacar de esta situación, desborda la utilidad que se le pudiere atribuir.

Finalmente, devastadora, porque me socava los pilares de mi bienestar personal: mi curiosidad, mi buen humor; un trabajo que me gustaba, y me permitía vivir sin aguantar demasiados parásitos; mi compromiso con las cosas bien hechas; mi actitud guerrera ante sobraos, listos y demás fauna prepotente; mis noches de marcha; mis paseos durante el buen tiempo por las sierras, durmiendo al raso o en pajares abandonados, (¡Maldita zorra!) esos momentos contemplando la singularidad de un paisaje, con la piel de gallina; un rincón o un detalle imperceptible a primera vista; disfrutar la visión (y también, del olor y el sabor) de la piel de alguna contraria… En definitiva, un puro frenesí hedonista y autocomplaciente. No creo en influencias divinas ni cósmicas, pero si tuviera que creer en alguna, elegiría ésta:

– Mira, Manué, ¡qué buen día hace!
– Calla, ‘Hosé, que como se entere algún jíoputa, seguro que viene y nos lo ‘hode.

Lo dejo aquí, porque parece que se nubla, pero volveré cuando escampe.

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