La verdadera utilidad de las vacunas

Uno de los temas redundantes del manual del conspiranoico moderno es el de la acción perjudicial de las vacunas. Como todos los análisis de los ideólogos New Age 2.0, no supera (lo siento) una breve prueba crítica.

Parten de dos premisas ciertas y verificables

Una,  a las empresas farmacéuticas les importa menos la salud que el beneficio monetario.

Dos,  las vacunas han sido desarrolladas por las empresas farmacéuticas.

Siendo riguroso, la primera premisa trae implícita una consideración moral; desde el punto de vista ético, al menos, desde el mío, es una idea irreprochable: anteponer el dinero a la salud, entendida ésta como un objetivo común deseable, es pernicioso y denunciable.
Pero aquí acaba lo verdadero que se aporta a la “argumentación”
A partir de aquéllas, se extrae, un poco alegremente, la conclusión:

las vacunas son malas.

 

Si la versión del manual para ser un hombre despierto, está dirigida a personas que aún conservan cierto grado de sensatez, se añaden otros argumentos cuidadosamente escogidos y de certeza  incuestionable, como:

“la ciencia es el motor de la investigación farmacéutica”

Otros, ciertos también, pero en los que se advierte ya, un sutil intento de direccionamiento hacia su punto de vista:

“la ciencia ha contribuido a la muerte de millones de personas”

Todos ellos, obviando muchos, “sí, es cierto, pero también”

Lo habitual es que se abuse de las herramientas de debate que Internet provee,  cerrando los comentarios o moderándolo de forma que no se pueda discutir la conclusión.

Alguno de los activistas más enfebrecidos llegan al extremo de editar a su albur un comentario crítico, de forma que parezca que apoya a lo escrito en su entrada.
Eso fue lo que hizo con un comentario mío en uno de sus hartículos mi amigo Luis Carlos Campos, activista antitransgénicos, medioambientalista declarado, y homeópata chiflado de profesión; aquí está la prueba:

Arrancaboinas comentó en La Homeopatía es científica (…) en el blog Contraperiodismo Matrix el día

No hace falta que diga que lo que escribí en su día se parece a lo que hoy hay escrito, como se parece un tornillo de cabeza exagonal a una castaña gallega.

Si la versión del manual conspirativo es para usuarios avanzados, se pasa directamente a plantear las hipótesis más descabelladas, como por ejemplo,
que las vacunas son un instrumento de control, o un vector de enfermedades. Sabiendo ya que el terreno intelectual está abonado, se hace de forma que no parezcan unas hipótesis investigables o siquiera discutibles, sino que quede bien patente que tú, que has sido irremediablemente vacunado en tu niñez, tienes ya algo en tu persona, en tu carácter, o en tu ADN, atribuible a tan nefasta práctica.

Un grano en la nariz; la tendencia a masturbarte que tanto te atormentó en tu niñez, y que quizá aún no has superado; un rasgo psicológico desagradable; algo que no deberías tener, y de lo que puedes, y debes, culpar a la ciencia y al progreso, hacer lo posible por ponerle fin y, si tienes arrestos para ello, plantar cara a los borregos dormidos que se resisten a darse cuenta de que tú actúas por el bien común. Señalarles y combatirles.
Por tanto, el mensaje es más profundo y su alcance va más allá de la intención meramente informativa: las vacunas son malas, su auténtico objetivo está oculto, y es legítimo luchar contra ellas. Si no lo haces, estás ayudando a quienes quieren controlar a la Humanidad.

No, ni me estoy guaseando ni frivolizo con este tema.
Sé perfectamente que hay casos de personas perjudicadas por vacunas mal diseñadas, por vacunas poco probadas, entre otros problemas provocados por mala praxis de la industria farmacéutica.
Y que hay que oponerse a que eso suceda y obligar al resarcimiento al responsable, si es que el daño producido es reparable, dado que se trata de vidas humanas.
Es decir, es cierto que las vacunas tienen efectos secundarios, es cierto que se fabrican sin tener en cuenta los potenciales peligros de sus aditivos, y es cierto que, de haber sido más pulcros en su investigación y fabricación, personas con vida, con nombre y apellidos, que hoy están muertas o sufren secuelas que les han perjudicado la existencia, estarían vivas o en perfecto estado de salud.
O podrían haber sufrido otro revés, que les habría afectado de modo distinto. Esto último es algo que no se puede saber, sólo conjeturar.

Pero también sé que hay miles de personas que pierden su vida por culpa del no-progreso, la no-ciencia, del no-dinero, y en última, o quizá, en primera instancia, por culpa de esa puñetera costumbre que tiene la Naturaleza, de hacer la vista gorda ante ciertos mecanismos que, a nuestros ojos humanos, son inmorales y crueles.
Sólo con estudiar  el ciclo vital de cualquier parásito, cuyo ciclo alterne dos, o incluso tres hospedadores, a ser posible, uno de ellos, el ser humano, se puede entrever esa oculta y aviesa costumbre de nuestra adorada Madre.
Por ejemplo, la triquina, Trichinella spiralis, minúsculo gusano que produce la triquinosis, y del que es mejor que nunca sepas de ella más que su nombre.

Y no veo a ningún activista del medio ambiente clamando enajenado ante Dios Padre o ante Vishnu crucificado… espera, no, no era así… ¿O era Shiva? Bueno, qué más da. Mi divinilexia me juega malas pasadas y confundo los nombres de los que velan por nuestro bien desde los cielos. Será porque hay tantos… y todos sin homologar.

Decía, que no veo manifestaciones en procesión clamando por la extinción, por medio de la intercesión divina correspondiente, de tan dañino e inútil Ser de la Creación.
Inútil ser, si lo analizamos desde  nuestro punto de vista humano, tan inclinado al amor y a la cooperación útil.
Ni que decir que, a la Naturaleza en su amplia y devastadora indiferencia, ese punto de vista le tiene absolutamente sin cuidado.

Pero es que en realidad no es de esa faceta de las vacunas de la que quiero tratar. No. Todo ha sido una añagaza, una astucia para camelarte y así poder contarte mi vida, je, je.
Bueno, una parte de ella, que sucedió en mi adolescencia, y que ilustra la utilidad práctica de haber sido expuesto a un patógeno, y que ayuda a evitar que pueda producir males mayores. Acomódate.

 

No puedo decir que la relación con mis padres, en mi niñez/adolescencia, haya sido muy cordial. En lo tocante a sus obligaciones, por supuesto, no debo quejarme.
En lo que se refiere a relación afectiva, bueno, sinceramente, pudo ser mejor. No culpabilizo a nadie por eso; algún espabilado holístico, casi consiguó colarme, en los primeros años de mi, entonces, inexplicable enfermedad, la ya obsoleta teoría psicoanalítica que sugiere que mis males hunden sus raíces en esa procelosa región subconsciente de las emociones insatisfechas.
Hoy rezo con ahínco para que una almorrana recalcitrante le haya mantenido prostrado el tiempo suficiente, de forma que, aprovechando la inmovilidad, haya podido ponerse al día en los avances de psiquiatría. Pero conociendo como conozco la ganadería, sé que aprovecharía el camino que le brindaría su enfermedad, para intentar comprender la forma de añadir a su discurso de forma coherente, el nuevo vocablo “cuántico”, aunque no sepa explicar exactamente qué significa el concepto. Pero como los pacientes a quienes trata tampoco lo entienden, la importancia de esto es muy secundaria. Lo importante es la fachada y, una nueva cenefa hace más llamativa la entrada.

Volviendo al hilo, y pensándolo friamente, con la perspectiva que da el tiempo lejano, la realidad es, como siempre, más prosaica. Los cambios socioculturales, tanto los que antecedieron como los contemporáneos a mi niñez y adolescencia, alejaron tanto la cultura de mis padres de la mía, que, añadido eso al poco tiempo libre de que pudieron disfrutar, era difícil establecer una relación entrañable.
Es algo que yo no puedo cambiar, por tanto, no me vale la pena atribuirle más importancia de la que pueda tener.
Lo sensato es, en este caso, no darle vueltas. Ni tiene remedio ni es, en realidad, nada insuperable.

Pero algo he de agradecer a mis padres por encima de todo lo demás que me proveyeron.
No es que mi propia vida, mi educación, cuidados, sean secundarios.
Pero de no haber sido por ese empujón en el momento preciso, todo su esfuerzo y mi vida futura podrían haberse precipitado al fondo de un pozo, de manera irrecuperable.

Por no extender más esta entrada, os lo contaré en la siguiente.

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