SQM· Sospecho Que Mienten (I)

Cuando arranqué a escribir en este blog, intenté dejar claro que no soy ningún experto.

Insisto aquí, mis dudas más numerosas que mis certezas. Siempre según mi experiencia, no sabría asegurar si la Sensibilidad Química Múltiple es una enfermedad con entidad propia, si es un factor activador o coadyuvante en otros trastornos, o si no se trata, en realidad, de parte de los síntomas de otro desarreglo primario. Entiéndase que en ningún caso niego su existencia, sólo señalo que no sé clasificarla según mi criterio.

Tampoco es extraño que sea así; yo no soy investigador, pero revisando lo que éstos publican, lo que está claro es que no hay nada claro (valga la redundancia). La controversia es patente, los resultados de los estudios son contradictorios, y, desafortunadamente, más que una cooperación entre los investigadores, lo que parece existir es una campaña de desprestigio hacia una de las dos líneas de investigación.

Por un lado, está la línea que defiende la etiología psicosomática del trastorno; por otro lado, los que creen haber encontrado una causa fisiológica, aún poco conocida, y que son sistemáticamente desacreditados por los primeros.¿Y cuál es la diferencia? Para mí, ésta es pregunta de examen. A ver si la paso con nota.

Se califica a un trastorno como psicosomático, o somatomorfo cuando  no se hallan causas que  justifiquen los síntomas.

Por ejemplo, una úlcera estomacal puede tener varias causas:  por una lesión mecánica o química,  o por la bacteria Helicobacter pylori. Si no se encuentra ninguna de ellas, se puede sospechar que el origen es psicosomático: un disgusto, el estrés, (los nervios), alteran la mucosa gástrica y pueden provocar la úlcera.

En realidad, todas las causas, incluso las psicógenas, son fisiológicas. Pero en los dos primeros casos, hay un agente, cuantificable, (el objeto o la sustancia que produjo la lesión, el microorganismo) que produce el daño. En el último caso, es el propio cuerpo, a través del Sistema Nervioso, el que acaba perjudicando una parte de él. Pero la vía es física; no se trata de energías intangibles que dañan, ni de posesiones diabólicas o conjuros. Son las vías del estrés las que promueven el daño, a través de las hormonas y  los mecanismos de defensa.

Tampoco el efecto es siempre una lesión: pueden manifestarse taquicardias, dolores, mareos… parálisis, fatiga; hay una larga lista de signos y síntomas.

Dos cosas son importantes:

Una,  ninguno de esos síntomas y signos es específico de un trastorno somatomorfo. De hecho, la clasificación DSM-IV indica que el diagnóstico ha de hacerse por exclusión:

(…) ninguno de los síntomas (…) puede explicarse por la presencia de una enfermedad médica conocida (…)

Dos, un paciente de alguna enfermedad con síntomas poco específicos, es candidato a ser diagnosticado, a priori, como  trastorno por somatización.

He elegido a propósito el ejemplo de las úlceras gástricas. Hasta el descubrimiento de la asociación de la bacteria H pylori con la enfermedad, se aceptaba su naturaleza psicosomática. Y no estoy hablando de la Edad Media; tampoco lo afirmo por la autoridad que me confiere mi rostro. En Wikipedia, convenientemente respaldado por estudios científicos, hay un artículo bastante completo, donde puedes comprobarlo. Concretamente, no fue hasta el año 1981 cuando se demostró la causa infecciosa de la mayoría de las úlceras gástricas, aunque esa asociación ya fue postulada anteriormente, el año 1979.

Aún así, hasta la heroica decisión de uno de los investigadores , concretamente, el Dr Barry Marshall[1] de autoinfectarse con H pylori, la mayoría de los médicos fueron reticentes a aceptar lo que los estudios ya demostraban.

También los enfermos de Esclerosis Múltiple fueron víctimas de este erróneo enfoque, hasta mediados del siglo pasado, en que se demostró la etiología autoinmune de la enfermedad. Hasta entonces, fueron tachados de histéricos (con las connotaciones sexistas que el término añadía) y encerrados en manicomios. La enfermedad se denominaba Parálisis Histérica, confundiéndose con las parestesias y parálisis que se manifiestan en  los trastornos por conversión.

¿Y qué consecuencias tiene esto? En principio, un tratamiento inadecuado, cuando no perjudicial. Si bien en el caso de las úlceras gástricas, el mayor perjuicio fue el retraso en el desarrollo de un tratamiento, en el caso de los afectados por Esclerosis Múltiple la mayoría, mujeres relativamente jóvenes, eran encerradas en manicomios, “acusadas” de histeria.

E indirectamente, la carga añadida a los “servicios sociales” que se ocupaban de los enfermos mentales ( y ya sé que es un bonito eufemismo para decir manicomios).

¿Qué nos enseña todo lo anterior? Voy a copiar parte un artículo, publicado en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, en su nº 87,  jul.-sep. 2003, que viene al dedillo para ilustrar lo fácil que es ahorrarse trabajo, gracias al fabuloso cajón de sastre, que sirve de depósito donde despachar con rapidez a cierto tipo de cansinos, que saturan los servicios de salud con sus quejas de fatiga y extraños síntomas.

Un caso de trastorno de conversión analizado desde la perspectiva de la interconsulta hospitalaria

Luis Javier Sanz Rodríguez1, Begoña Torres López2

1 Residente de Psicología Clínica. Hospital Universitario de Getafe
2 Residente de Psicología Clínica Hospital Psiquiátrico de Madrid

 

(…)es relativamente frecuente el diagnóstico inicial de trastorno por conversión[2] en pacientes que finalmente son diagnosticados de esclerosis múltiple, miastenia grave y distonías idiopáticas o inducidas por sustancias. Por ello, es importante el no desatender el estudio exhaustivo de este tipo de pacientes aunque inicialmente no se encuentre etiología orgánica que justifique los síntomas.

 

Leyendo entre líneas, viene a decir ni más ni menos que entre los funcionarios de Sanidad también rige el dicho de “el que venga detrás que arree”

Perjudicado, el paciente por un lado, y por otro, los médicos que tendrán que hacer el trabajo que el primer diagnosticador de pluma rápida eludió, gracias al recurso a la somatización. Cabe señalar que, en el caso de una esclerosis múltiple, un diagnóstico acertado y el inicio precoz de un tratamiento puede mejorar el pronóstico de la enfermedad, al retrasar la aparición de un segundo brote.

Afortunadamente para todos, esto es cosa del pasado. Gracias al progreso en investigación, se conocen hoy todos los mecanismos que provocan enfermedad en el ser humano, de modo que se puede aplicar con certeza el tratamiento adecuado, si existe.

¿Sí? ¿Seguro?

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Pero un día, algo vino a golpearme, algo desconocido, que me sumió en el limbo de los muertos vivientes. En algún momento, el sopor me venció. Y entonces, me desperté, y fui consciente del engaño en el que estuve sumido, por culpa de mi ignorancia, durante tanto tiempo.

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NOTAS:

[1]No es el único caso de heroicismo en investigación médica. Más dramático, por su desenlace, fue el caso de Jesse Lazear, que murió, el 25 de septiembre de 1900, a causa de la fiebre amarilla que él mismo se inoculó, con la intención de demostrar el papel de vector del mosquito Aedes aegypti en la transmisión de la enfermedad.

[2]Una subclase de los trastornos somatomorfos.

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Seres voladores (II) *

* Aludiendo a esta entrada: Seres voladores I

 

Es media mañana de un día radiante del mes de junio. Estoy sentado, en el lado malo, en el consultorio médico de una localidad de la provincia de Teruel, a donde he venido a vivir a principios de este mismo año, lleno de ilusión. Es la primera vez que entro en el consultorio, y la segunda vez que veo a la doctora. La primera, fue hace dos semanas, cuando, a petición de mi mujer, vino a visitarme a mi casa. Yo no podía levantarme de la cama.

Intento explicarme, a ver si es que he dicho algo mal. Pero no, por segunda vez, la misma respuesta, evasiva. Empiezo a dudar. Pregunto.

Suficiencia:
– Es que no puedo hacerte una baja por estar cansado.
¿Y quizá podría, hacerme una paja? ¿Si no estoy casado? ¡Emilio, esa boca! ¡Ni se te ocurra! ¡Y no la mires así! ¡Se te oye pensar!

Como no es mi primera experiencia me inquieto, me asalta la sospecha. ¿Otra vez lo mismo de siempre? Empiezo a argumentar. Para mí está muy claro:

– Doctora, ¿no entiende que yo no saco ningún provecho? Soy autónomo, yesero, oficial de primera. Hago bien mi trabajo, y me gusta. (Las dos cosas, mi trabajo y hacerlo bien) Gano en tres días de trabajo lo que cobro en un mes de baja ¿Cree que me compensa estar de baja?

Prepotencia: no te hago la baja porque no me sale de los ovarios. En realidad, cumplo órdenes, nos lo ha dicho el baranda:

Ni una baja si no hay una razón justificada; y si os parece Fatiga Crónica, sin compasión, a degüello. Revisaré personalmente todos los casos.

La verdad es que podría preocuparme; podría darte la baja y seguir tu caso; me parece un tanto raro que un tío como tú se comporte como un niño que no quiere ir a la escuela. Aún sin llegar a tanto, podrías darme lástima y hacértela igualmente. Pero la semana que viene me voy de vacaciones;
(lo deduzco por el folleto que tienes, abierto, mal oculto bajo mi exiguo historial) Con un poco de suerte, gracias al relax, volveré embarazada  del primero de mis dos hijos. El segundo vendrá después, tras un plazo razonable de tiempo. Ya lo tengo planificado. No, no me voy a buscar problemas.

 

-Bueno, te haré un volante para el psiquiatra. (Doctora, mi almorrana, por favor). Voy a llamar para ver cómo está la lista…

-…

-Te mandaré al reumatólogo. Vas a tener suerte, en Salud Mental no dan horas hasta dentro de un mes.

Una suerte loca, Doctora. No se hace usted bien a la idea. Tengo una casa a medio enyesar, y después de ésta, tres más, comprometidas. Tenía trabajo para lo que queda de año. Un lujo, si bien se mira, tal como empiezan a pintar las cosas. Dinero para vivir bien. Ya sabe, doctora, lo bien que vivimos los yeseros; si no fuera por los expolios trimestrales de Hacienda, podría comprar un harén y llenarlo de bellezas exóticas. Me vine a vivir aquí, lejos de las grandes constructoras, para poder cumplir este sueño. Voy a salir de aquí sin caber en mí de gozo. Si hay un Nirvana, no puede ser tan  maravilloso como este frenesí sensual.

No, no me haga usted ninguna paja, me corro yo solo de gusto.
Si no fuera usted tan repulsivamente fea, hasta le daría un beso, en el momento del éxtasis. 

Maldita cínica. Bastarda. 

– Eres el primer hombre que oigo decir (sic) que tiene Fatiga Crónica

Siempre tiene que haber alguna primera vez, señora. Para mí, también es la primera vez. Es la primera vez que escucho decir una idiotez semejante.

Primer aviso; salgo del consultorio con un subidón de adrenalina.

Mal asunto.

Mala raza.

No puedo quererte

No me gusta mucho hablar de mi enfermedad. No soy muy aficionado a hablar de mí, y muy reacio a quejarme y a dar muestras de debilidad (Soy hombre, lo llevo en mi cromosoma Y).
Me gusta hacer broma en compañía, pegar la brasa hablando de mis aficiones, sobre todo si veo que algún interlocutor circunstancial da muestras de verdadera atención. Como se puede entender, el estar medio apaleado, con la sesera abrasada y aspecto de estar de perpetua resaca, tras una mostruosa velada de vicios y dronga
(sin haber participado, pues de haber sido así, un Alka-Seltzer y un día o dos de retiro terapéutico en mi casa serían suficientes) no me motiva demasiado a entrar en detalles. Pero eso no quiere decir que no la sienta.

He oído y leído bastante sobre cómo afrontar y sobrellevar las limitaciones de la enfermedad. Sin duda, depende mucho de la severidad de los síntomas y del temperamento de cada uno, además del ambiente (familiar, sobre todo). Yo, personalmente, lo llevo sin demasiada angustia (léase siempre en términos relativos) porque, en general, mis síntomas son moderados,(Grado II de media, según los que saben de esto) y eso me permite deambular por casa, cuidar a mis pájaros, mi jardín, y, los días en que estoy algo más ágil, en un alarde y derroche de energía, acercarme a mi bar habitual a saludar a los amigos, o bien, preparar una comida o cena en mi jardín. Para que vengan ellos a verme y reírnos un poco. Muy poca cosa comparándolo con mi nivel anterior, pero menos da una piedra en mitad del entrecejo

Igual con el trabajo. El remunerado, dejando aparte el marco económico actual en que nos encontarmos sumidos, y que ha dejado a muchos colegas de mi gremio en la puñetera calle, ya tuve que abandonarlo hace tiempo. Si con ocasión de alguna mejoría se me ocurre aceptar y comprometerme a algo, ya tengo la experiencia suficiente como para saber que las pasaré canutas para acabarlo dignamente, porque para mí, faltar a la palabra y no cumplir un compromiso es motivo de oprobio. Sin dejar de lado que la reincidencia en la conducta es garantía de perder, en poco tiempo, la consideración de persona seria y cumplidora, y en el tema laboral, eso ha sido para mí, casi al mismo nivel que la remuneración puramente dineraria, uno de los motivos de satisfacción y orgullo personal.

Veo a mi enfermedad como algo ajeno a mí. Un intruso en mi vida, recalcitrante, impertinente, inútil y devastador.

Recalcitrante, porque es, como la grama, imposible de erradicar. He pasado, como supongo que todos lohabéis hecho, por épocas malas, en las que algún problema más o menos gordo me ha importunado. Tarde o temprano, con más o menos esfuerzo, he acabado por salir de ellos. Sin embargo, todos mis esfuerzos por luchar contra esta miseria, han sido vanos.

Impertinente, porque, aunque a veces parece que se aleja, e incluso ha llegado a hacerse invisible en varias ocasiones, vuelve siempre sin avisar, y en el momento más inoportuno, si es que realmente se puede considerar que pueda haber algún momento que no lo sea.

Inútil, porque aunque he intentado entender que “de todo se puede sacar una enseñanza en la vida”, aún no he sabido encontrar qué enseñanza oculta, y tampoco me siento muy motivado a seguir profundizando. En realidad, la impresión que tengo es que, cualquier supuesta lección que se pueda sacar de esta situación, desborda la utilidad que se le pudiere atribuir.

Finalmente, devastadora, porque me socava los pilares de mi bienestar personal: mi curiosidad, mi buen humor; un trabajo que me gustaba, y me permitía vivir sin aguantar demasiados parásitos; mi compromiso con las cosas bien hechas; mi actitud guerrera ante sobraos, listos y demás fauna prepotente; mis noches de marcha; mis paseos durante el buen tiempo por las sierras, durmiendo al raso o en pajares abandonados, (¡Maldita zorra!) esos momentos contemplando la singularidad de un paisaje, con la piel de gallina; un rincón o un detalle imperceptible a primera vista; disfrutar la visión (y también, del olor y el sabor) de la piel de alguna contraria… En definitiva, un puro frenesí hedonista y autocomplaciente. No creo en influencias divinas ni cósmicas, pero si tuviera que creer en alguna, elegiría ésta:

– Mira, Manué, ¡qué buen día hace!
– Calla, ‘Hosé, que como se entere algún jíoputa, seguro que viene y nos lo ‘hode.

Lo dejo aquí, porque parece que se nubla, pero volveré cuando escampe.